domingo 15 de noviembre de 2009

Ella en la guerra nunca hacía prisioneros. Su cuerpo jugaba con la trivialidad de la normalidad. En ello residía su peligro. La ancianidad de sus formas la dotaba de un aire, visto desde la lejanía, tierno y achuchable. Sin embargo la realidad se encontraba en las antípodas del dulzor. Su mirada era la alegoría de una nostalgia de vida no vivida, de un producto de vida desaprovechado. De vida vacía.
Uno podía sentir pena al verla subyugada a su manta y sofá durante cada día del año. Uno podía sentir la necesidad de ayudarla a salir del agujero y enseñarla el mundo. Uno decidía hacerlo y premeditaba las palabras que la convencerían. Uno sentía el dolor al ver cómo las palabras de su respuesta le estrangulaban poco a poco. Y a pesar de haber muerto mil veces por ello, la solución era inexistente.

Sólo quedaba pues llorar por ella,
llorar por lo que es
por su ficción
su mentira
por la estupidez de vida que decidió vivir.

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jueves 29 de octubre de 2009

De contención II

Y de repente la primavera llegó a su cuerpo. Con lazos cálidos y olor afrutado la abrazó y desde ese instante las noches no volvieron a la monotonía estacional del invierno. Ahora el dolor era afrutado y tremendamente erótico. Y la culpa fue de él. Él: la enfermedad, el veneno. Él, la treceava plaga de Israel. De una forma casual el veneno fue inyectado. Sin saberlo, así, en pequeñas dosis de enfermedad como las vacunas. Estallido hormonal en pleno mes de enero. No había antídoto.
Decidió afrontar la plaga: le buscó por todo su cuerpo. Repasó con su dedo corazón el cuerpo enfermo. En el accidente de sus caderas le vislumbró. Y entonces empezó a llover: una tormenta primaveral. La humedad abrió la puerta e inundó todo. Se quedó empapada y salió corriendo a la ciudad. Tras la estampida pensó en si aquello volvería a repetirse y si habría alguna manera de pararlo. Quería y no quería a la vez. Decidió no volver a pensar en ello.

Así era la pasión y los muros de contención.

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domingo 25 de octubre de 2009

De contención

Ayer le empujaron mucho, tanto que se puso muy triste y le entraron ganas de ponerse a llorar ahí mismo. Sin embargo no lo hizo, no lloró. De pequeño lloraba tanto y en lugares tan comunes que le llegó la vergüenza. Y un día de sus diez años decidió que aquello no podía volverse a repetir: las burlas y comentarios de sus compañeros sobre 'lo blando y sensible que era' estaban empezando a ser demasiado constantes. Así que decidió encarcelar las lágrimas en un prisión estatal construida en sus lagrimales. No volvió a llorar en mitad de la clase, ni en el autobús, ni en la calle, ni si quiera en la oscuridad de su habitación. En verdad dejó casi de llorar. Pasaron los años y las lágrimas quedaron encapsuladas creando estalactitas a lo largo de sus venas.

El problema de todo esto es que la encarcelación, la falta de libertad, crea un descontento en el ser encarcelado. Las lágrimas hartas de esta imposición organizaban, de vez en cuando, motines. Con nocturnidad y alevosía arremetían contra los lagrimales para deslizarse por su compuesto rostro. Aquello venía sin avisar, era, verdaderamente, un atraco a mano armada. En esos momentos nada importaba: el hombre que todos tenían por un ser calculado y alegre se convertía en una alegoría del dolor. Jeckyll se convertía en Mr. Hyde. Y lloraba a grandes sollozos y gemidos durante horas hasta que las lágrimas no podían más y todo volvía a la normalidad.

Así era el dolor y los muros de contención.


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jueves 15 de octubre de 2009

Louis XX

L’amour est quelquefois un mécanisme qui s’active pour ne pas tuer quelqu’un.


C’était en Décembre. Il avait neigé pendant toute la nuit. La ville était,dès les premières heures du matin, toute blanche et froide. Le froid est plus romantique que la chaleur: il rend plus intense le besoin de contacte.

J’ai descendu la rue vers 12 heures, je suis allée chez une amie. C’est là où je l’ai vu pour la première fois. Cette première fois je l’ai détesté, je me suis moquée de lui. J’ai pensé : ‘Regardez-le, cet homme là qui a l’air arrogant, cet homme qui se balade autour de la maison comme s’il était le roi, qui parle beaucoup mais ne dit rien. Avec une personne comme celle-ci, moi, je ne pourrais jamais avoir une relation’.Cette première rencontre s’est passée poliment, nous avons parlé de banalités : nos études, nos goûts , etcetera. J’essayais de ne pas mourir d’ennui.


Pendant trois mois nous ne nous sommes pas vus. J’ai bien dormi toutes ces nuits.

Au mois d’Avril, il est venu avec nous. Il m’a saluée, il m’a regardée d’une façon différente. Son regard avait changé. Il avait changé parce que moi aussi j’avais changé. J’étais plus mince et j’avais laissé pousser mes cheveux. Il voulait alors me connaître. Je le détestais encore et pourtant j’avais décidé de fermer mes portes. Durant les semaines suivantes il essayait de pénétrer dans ma bulle : il avait interrogé tous mes amis pour savoir mes intérêts, il me parlait du cinéma, dela littérature, il m’accompagnait à faire les courses, en bref, il faisait tout ce qu’il pouvait. Et je rigolais, j’étais fermée à clé.


Un jour, je suis sorti de ma châsse. Je suis allée à sa rencontre, et à ce moment là je lui ai dit qu’il était un peu magicien parce qu’il avait transformé la haine en amour. Il n’avait aucune idée de quoi je parlais.

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